Tampoco me gusta que me llenen las orejas con palabras edulcoradas y vacías. Y es que existen también esos chicos que creen que la manera más tierna de estar cerca de ti es llamarte cosas dulces como "nena", "cariño", "princesa"... Puaj! Soy tu hija o algo? Me he cambiado el nombre y aun no me he dado cuenta?
No es necesario añadir coletillas cariñosas en cada frase, al final el discurso acaba sonando poco natural o puedes acabar pensando que estás dentro de una telenovela. "¿Te parece que vayamos a pasear, princesa?" Solo falta que el sujeto te guiñe un ojo y le salga ese brillito en los dientes al sonreír.
Otra versión de los "pulpos verbales", es aquella en la que no paran de preguntarte como estás (y otras versiones de la misma pregunta) cada cinco minutos y sin venir a cuento. Y si lo acabas juntando con las coletillas, después de escuchar un par de "¿Que tal estás, nena?" te apetece soltarle algo como "Pues mira, cariño, aburrida. Gracias a un plasta que me pregunta más como me siento que mi madre, mis amigas y mi terapeuta juntos". Por Dios! No sé si lo hacen porque tienen poca conversación, porque realmente les importa lo que contestas o simplemente porque tienen miedo a su propio silencio.
Lo siento, no es que sea una persona arisca, ni mucho menos, pero tanta cercanía física y tanta palabrería dulzona me agobia y me parece excesiva. En el momento en el que el contacto físico no es algo que puedes elegir establecer, se convierte en algo invasivo. En el momento en el que las palabras no tienen mayor sentido que el de parecer encantador, el silencio es preferible.
Y es que he acabado saturada de los hombres pulpo después de pasar el día con un buen amigo, que reune todas las características de éste espécimen masculino. El pobre cree que la mejor manera de hacerse presente es estar todo el día encima mio ya sea física o verbalmente.
El chico se acercó a mi sin ninguna intención sexual (lo aseguro), pero después de encontrarme en medio del supermercado con él cogiéndome de la cintura tiernamente cada vez que quería que cambiáramos de pasillo y preguntándome cosas como "que pasta prefieres que compremos, cariño?", casi le doy un puñetazo en el ojo.
Yo le lanzaba indirectas cada vez que empezaba a agarrarme en exceso, apartándome de él, cambiando de postura en el sofá, poniéndole cara de susto cada vez que me apretaba entre sus brazos indiscriminadamente... Realmente tanto contacto físico me estaba poniendo de los nervios.
Me di cuenta de que me estaban entrando ganas de tirarlo de la acera mientras paseábamos, así que antes de hacerlo le expliqué con una sonrisa que yo era una persona que necesita mucho espacio personal y todo eso, a ver si así lo pillaba. Pero en vez de quitar su brazo de mi hombro, me soltó aquello de "Ay, es que yo soy muy cariñoso nena, pero si te agobio o algo dímelo... Además, me encantan esa dulzura que me transmites cuando te abrazo, princesa."
¿¡¿Hola?!? Confieso que después de oír eso, a punto estuve de lanzarlo a los coches...Pero respiré hondo y seguí caminando hacia el centro con él a 15 cm de mi cuerpo (algo conseguí), planeando con cuanto cariño le iba a decir en cuanto encontrase una parada de metro, que me iba para casa y que ya si eso nos llamábamos en unos días (semanas!).
Y así fue. A la altura de Liceo, entre tantas parejas que se cogían por que se querían, acabé la tarde con un beso por mejilla y arrancando a correr escaleras abajo y sin mirar atrás hacia el metro... en cuanto empecé a oír a mi amigo decir algo como que me acompañaba hasta mi parada.
Creo que el pensamiento más extraño que cruzó mi mente aquella tarde lo hizo mientras volvía a casa en metro... Entre tanto desconocido agradecí los pequeños gestos que hacían los otros pasajeros con tal de no tocarnos entre nosotros... Me gustó tanto aquella sensación de respeto, que casi me entran ganas de abrazarlos a todos. Casi.