Hago cajas estos días. Las lleno con los enseres que pueblan silenciosavente mi habitación, observadores de los sucesos cotidianos de mi pequeño mundo. Y me doy cuenta de que al ser estáticos y mudos olvido el valor que cada uno tienen para mi. Siempre están ahi, les preste atención o no. Cada día en su lugar, amorosamene a la espera de que les heche un vistazo, de que los necesite, de que los use. A cambio de estos instantes de atención, ellos me dicen quién soy, me recuerdan mi historia, me hacen sonreir o llorar, hacen que de gracias por lo que tengo.
Así que estos dias, cuando los saco de su lugar habitual y los sumerjo en la oscuridad del cartón, lo hago con respeto, los sostengo con amor y dejo que me susurren su historia y la mía al oído. De esta manera cada objeto que empaqueto me descubre una pieza del rompecabezas que soy y fui: la que aprende a tejer paso a paso y sin ayuda gracias a "Iniciación al punto", a la que le gustan los grabados antiguos y conserva un ejemplar de "L'Encyclopédie" de Diderot y d'Alembert dedicado a la cirujía, la artista que tiene un armario lleno de pinceles, pinturas, telas en blanco y a medio terminar.
Descubro en mis libros sobre la felicidad, la meditación y el budismo a esa que está a la busqueda de lo que está más allá de si misma, y sonrio al encontrar a la guerrera que llevo dentro en el "Hagakure" que un conocido me regaló hace años.
mientras desnudo mis estanterías blancas y robustas, sostengo en mis manos algunos dibujos de cuando era pequeña, pintados de muchos colores, y recuerdo lo extraño y absurdo que me parecía (y me sigue pareciendo) que cada cosa tuviese un color establecido y que este no se pudiera cambiar a voluntad. Encuentro al hada que a veces soy mientras vuelvo a ponerme las alas blancas de purpurina que compré para sorprender a una amiga y las acompaó de su correspondiente corona y varita mágica.
Y a veces cae en mis manos la que ahora soy más que nunca, dibujada en mis libros de química y anatomía, en el Guyton, en el Ross... y me extraño al darme cuenta cuanto me cuesta aceptar dónde he llegado y hacia a dónde voy. Como si esos libros fuesen de una intrusa lista y con ganas de ser mejor, pero no fuese yo.
Poco a poco, con cada gesto de vacío voy trazando el mapa de mis anhelos, mis vicios, mis recuerdos, mi presente. Con cada caja cerrada gano un poco más de espacio en mi habitación y mi cuerpo y me libero a la vez de todo aquello que habla de mi.
Para que el blanco que quede en el alma inunde también lo que hay alrededor.