viernes, 5 de agosto de 2011

Y sin embargo...

Ahora, no hay rizos que colocar detrás de mi oreja a modo de sutil gesto erótico. No hay mechones sensuales que caigan sobe mi frente y puedan apartarse dulcemente para poder ver mis ojos. Ahora mi nuca vuelve a estar al descubierto y no hay melena que agitar al viento. Y aunque quizás piense en el Síndrome de Pocahontas y a ratos el espejo me devuelva la imagen de aquella niña que como un chico más disfrutaba cazando ranas y haciendo bolas de barro, estoy empezando a darme cuenta de algo.

En mi suele verse aquella parte dulce y sensible, alegre e inocente, es la que acompaña a los días y la cara dulce de la luna que conoce el mundo. Pero no te equivoques. Por que aunque quizás no la hayas visto en directo, mis pasos los dirige también una mujer sutil, sensual y atrevida, que no tiene inconveniente en instalarse en mi cuerpo cuando la saco a pasear.

Cuando aparece puedo disfrutar de la que también soy y me deleito en la posición que me regala.
En estos momentos, confieso que deborar, aun sabiendo morder, nunca ha sido mi estilo, si no que gusto de paladear los instantes que suceden a corta distancia.
Y soy amiga de lo que puede intuirse en las miradas que se cruzan y en las frases a medio terminar más que de la fuerza que acompaña a la pasión visible. Digamos que adoro la magia de la seducción involuntaria, de la atracción súbita, del sentirse bella y deliciosamente observada.

Y me doy cuenta de que la feminidad genuina no reside en un corte de pelo o en un vestido, si no en los gestos y los ojos de quién se sabe hermosa y además se siente así. De que es un actitud y nace de dentro, desplegándose elegantemente hacia el exterior.

Por lo que, si en estas ves a lo lejos una silueta moviéndose por la ciudad, estudiando en la biblioteca o disfrutando de una cerveza en alguna terraza nocturna, obsérvala. Si te sorprende, si atrae tu curiosidad, acercarte, puede que descubras algo que no sabías de mí. me encantará saludarte.

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