Humbert-Humbert la fue a buscar de nuevo, hasta más allá del final del mundo. Pero ella no volvió. Prefirió quedarse con su existencia, más o menos hecha pedazos. No volvió a los brazos de su padre, amante, amigo, confesor. Y Humbert-Humbert, lloró su pérdida tanto como quién siente morir un trocito de su alma.
Lolita, caprichosa, infantil, inocente Lolita. Él la paseó por todos los estados del país, la cubrió de regalos, la cuidó, le enseñó el pequeño mundo, la amó. Ella le regaló su cuerpo, sus sonrisas, sus ideas, sus besos, su locura. Parecía el más imposible e idílico amor existente. El más extraño y dulce. Aquél que sólo en sueños, y en una existencia apartada de la del resto de los mortales se puede tener.
Y aunque ella escapó, aunque ella nunca volvió, sé que mientras veía alejarse el coche de quién la quiso tanto, sin que nadie más la oyera, susurró:
Humbert-Humbert, yo aún te amo.
Lo.







