Cansada de ser una Vestal, adorada por los hombres que a su paso olvidaban a las esposas mortales y se recreaban en la dulzura de su mirar, en su sonrisa e ingenuidad, la muchacha decidió convertirse en Mujer-Diosa.
Antes de acostarse, dedicó a Vesta su última plegaria, y ya metida en su cama de suave lino blanco, desnuda de sus ropajes de Guardiana del Fuego Eterno, dirigió una mirada hacia el cielo, más allá del techo. Con todas sus fuerzas invocó a la Gran Diosa, aquella llamada Inanna, Ishtar, Isis, la Diosa del Amor:
Tu, dama del Cielo, la Luna y la Tierra, que recuerdas a las mujeres la belleza de su espíritu expresándose en su cuerpo. Tu, que llenas de fertilidad las tierras y gozas del tacto del amor en cada abrazo al extraño y conocido. Tu que eres las guardiana de la naturaleza femenina, llena de placer y alma, principio creador de la vida, una-en-si-misma, acógeme entre tus pechos y muéstrame mi verdadero yo. Pues ni madre, ni hija, ni esposa, ni amante me representan y todas ellas soy. Tan sólo Mujer llena de Vida, plena en mi misma, única y una, más allá de los deseos de los hombres, que cegados por el miedo y el propio placer son incapaces de ver la complejidad de la presente.
Ayúdame a entender que al igual que la Luna, tanto en creciente esplendor, en plena energía y en oscura noche, yo siempre soy la que soy. Que completa en mí puedo amar al otro, que mi poder no nace del juego oculto, si no del centro de mi ser vibrante.
Oh, Gran Diosa, tuya soy ya, para adorarte y dejarte entrar en la morada de mi ser, para ser una contigo y así ser quién en verdad soy.
Tras la sincera oración, cerró los ojos, se abandonó al rumor del viento que entraba en su cuarto y se dejó caer al mundo de sus sueños.
Allí, mientras paseaba por lo indescriptible, la Gran Diosa se le apareció. Cubierta por un paño adornado que mostraba las redondeces de su cuerpo, portando una media luna como tocado, descalza y mostrando las palmas de sus manos, se acercó donde estaba la muchacha y la tocó.
Bienvenida. Estas preparada para ser iniciada en el arte de unir el cuerpo y el alma, disfrutar de los placeres del espíritu encarnado, de crear con el corazón y explorar con los sentidos.
Deja atrás el miedo a la pérdida, la culpa y la vergüenza. Olvida a aquellos que pretenden obtener de ti algo que no sea a ti misma al completo. Despójate del orgullo y la vanidad, y acoge a la humildad y el respeto, porque el ser quién eres forma parte de ti, es la expresión de tu ser completo, no un arma o una bandera. Mira a los ojos a aquellos que te ven, y obsérvalos tu también al completo. Quizá descubrirás que como tú, ellos también están conectados con su autenticidad y me honran.
Cuídate, disfruta de cada instante, ama tu cuerpo, escucha lo que sientes, sigue lo que te dicta tu interior, y sobre todo, no temas. Porque no existen los errores, sólo caminos más o menos largos que al final te llevan al mismo lugar, al centro de ti misma.
Así que acurrúcate en mis brazos, Mujer. Por que ya estás preparada para el beso de esta Diosa. Porque dejas de ser Vestal, para ser Sacerdotisa del Templo del Amor. Por que ahora sí, tu eres también Diosa.
Y despertó la Recién Creada Mujer, descansada, y plena. Trenzó su cabello frente al espejo, perfumó su cuerpo y lo engalanó con ricas telas. Bajo la luz de la ciudad, salió del templo de Vesta, que nunca más volvería a ser su hogar, y se encaminó hacia el Templo de la Diosa del Amor, con una amplia y sincera sonrisa.
Por que por fin era Ella. Nueva, llena, completa. Una Mujer Completa.
La Mujer.