Recordó como si de un instante de su infancia se tratara, mientras labraba su parcela de hermosa tierra en El Nuevo Lugar, el rostro de un lejano compañero de viaje. Sonrió mientras se agachaba a arrancar uno de los pocos hierbajos que quedaba bajo sus pies y pensaba en el dulce rostro del rememorado.
Como él (y la mayoría de habitantes de los Mundos) aquél era pastor y conreador de tierras. De manos poco curtidas aunque ya marcadas, formas contundentes y grandes ojos de un tono indefinido pero hermoso. Y el momento escogido por su mente para rememorar? Un tiempo perdido en algún rincón de su historia.
Era una tarde-noche calurosa en el Antiguo Lugar, y mientras cuidaba de las pequeñas ovejas que tenía, rebotó en su cabeza el sonido ansioso de la voz de su vecino y compañero de labores:
-¡Ayúdame! No puedo seguir en este Lugar. Debo marchar, defenderme y ocultarme! No puedo ver, apenas hablar. Mis pies ya no me llevan a dónde quizás pueda llegar. Por favor, necesito salir de mi Tierra. Acójeme en la tuya, por piedad!
Sin pensárselo dos veces el entonces habitante de la Tierra Antigua de pensamiento a pensamiento abrió los brazos y respondió:
-Toma mi mano, marchémonos más allá. Sé que hay un Lugar más lejano y limpio, nuevo, verdadero y acojedor. Allí las parcelas a cultivar son mayores, los pastos más verdes y casi siempre luce el Sol.No me importa el motivo de tu huida, ni su sonido, ni color. Tengo poco más que mi rebaño y mis sueños, pero compartiré cada bocado de mi pan con tu persona. No temas más, compañero, pues aquí estoy.

Y como una ráfaga de frío viento, el pastor necesitado de ayuda llegó al punto de salida en el
terreno del humilde auxiliador y ambos (uno con fuerza para empujar y otro necesitado de empuje) salieron a caminar hacia la Nueva Tierra.
Al principio el camino se hizo duro, lleno de lágrimas y dolor. Pero las charlas alrededor de un benévolo fuego calmaron el ánimo agitado del expatriado y su acojedor.
En ocasiones, no obstante, el auxiliado y voluntario apátrida, recordaba las tierras de donde había huido, imaginaba los campos a medio arar por otros, el olor de la dulce comida, la calma de las camas mullidas donde descansar, y se lamentaba de no poder disfrutar ya de la amabilidad de sus Viejas Tierras. Su amigo entonces le recordaba que más allá de pocas montañas que les quedaban en la travesía, se encontraba ese sitio en el que crear nuevas parcelas y llenarlas con esfuerzo de dulces, más tranquilas y satisfactorias cosas. Y llenando así de viejos recuerdos y nuevas esperanzas el camino, poco a poco acercaron sus pasos hasta la cima del Último Punto del Antiguo Lugar.
Una mañana de Sol y nubes juguetonas, nuestro amigo divisó el Muro más allá del cual se encontraba su destino: el Nuevo Lugar. Lo comentó con alegría al casi recuperado vecino de Tierras:
-¿Lo ves?, ¡Ya casi estamos!- y aceleró sus pasos tirando del compañero asido de su mano.
-¿Qué es eso, por Dios? ¡Qué enorme y alto parece y es!- El descubridor del sitio notó un punto de pánico en la voz de su compañero. Pero no podía creer que allí estuviese, escondido entre las notas melodiosas de las palabras de su amigo. Así pues, no le dio importancia, y con más fuerza y alegría respondió:
-¿Eso? Es un Límite! El que debemos superar, y ya seremos en el Otro Lado!- Su sonrisa se amplió y casi corrió al encuentro del Muro.
De pronto, notó que el peso del pastor a su lado había aumentado y era difícil de arrastrar. Al instante, colocados ya casi frente de la úlitma frontera, se sintió detenido.

-¿Qué sucede? ¡Falta un paso ya! Vamos, que al mediodía ya podemos estar comiendo recostados en la pared del otro lado del muro. ¡Será tan increíble establecerse en el Nuevo Hogar!
Su compañero, de repente, dejó de compartir su estado de excitación y entusiasmo.
-Yo... ¿sabes?, creo que lo he pensado mejor. Creo que no puedo, que no voy a hacerlo. No voy a saltar. No voy al Nuevo Lugar contigo. Echo de menos mi antiguo lugar, la comodidad, el silencio, habitar Tierras conocidas sin más. Creo que allí podré seguir haciendo lo que hacía y quizás mejorar mis técnicas de conreo. Pero establecerme solo en una Tierra nueva... Escoger sus límites, poner vallas, construir mi casa, pintar. No sé, quizás no se si puedo hacerlo. Quizás, no sé, No es mi momento. Lo siento.
Nuestro protagonista dió un paso atrás, en un instante se sintió molesto y un punto frustrado, pero le duró poco la extraña sensación de pérdida. Al momento de nuevo sonrió y comprendiendo a su amigo, y lleno de dulzura le respondió:
-No pasa nada, compañero. Espero que te vaya muy bien y disfrutes del momento. Yo no me quedo por más tiempo. Me queda mucho por ver aún al otro lado del muro.
Y así se dio la vuelta y sujetándose a las piedras del Último Límite lo empezo a escalar. En cada paso hacia la cima podía sentir a su acompañante, que a sus pies lo miraba serio, triste y un punto con ganas de alejarse de allí. Sin detenerse a descansar continuó subiendo hasta que tocó el borde del muro prácticamente sorteado ya.
Cuando llegó al punto más alto, el campesino de futuras Nuevas Tierras sonrió a su compañero de viaje, que aún seguía abajo. Se dirigió a él por última vez:
-Muchas gracias, Amigo. Se feliz y disfruta de tu sitio, esté donde se encuentre. Aunque fui yo quien te conduje aquí de no ser por ayudarte no habría llegado hasta aquí, así que gracias, porque eres tú quien me ha traído hasta este sitio. Aunque estemos separados y quizás no nos volvamos a ver, ya sabes dónde estoy y estaré.
Y antes de darse la vuelta le pidió una única cosa:
-Hemos compartido estos momentos duros de andanza y en este tiempo de dolor nos hemos unido con fuerza. Ahora que regresas a tu Antiguo hogar, me gustaría que me llamases como lo hiciste aquella primera vez, pero en esta nueva, explícame lo bien que te va en tu sitio. Te pido humildemente que compartas conmigo no sólo los momentos tristes, si no también los felices conmigo. Muchos besos. Adiós.
Así, se giró y sin volver ya la vista atrás, bajó de un salto el muro al otro lado y respiró. El paisaje había cambiado completamente: El sol era radiante y se encontraba en lo alto del cielo. La temperatura era ideal para descansar o pasear y la hierba penetrántemente verde parecía saludarle e invitarle a recostarse y disfrutar. En esos primeros instantes, el pastor absorvió con su mirada la belleza increíble que le golpeaba el pecho y casi le hacía temblar. Permitió que el asombro del Nuevo Lugar llenara todos sus sentidos y se sentó a observar ese precioso paraje que iba a ser desde aquél momento, su Nuevo Hogar.
Con el paso de los días encontró una hermosa porción de tierra para iniciar la construción de su hermosa nueva casa, cerca de un límpido río, lleno de nuevos terrenos que cultivar y nuevos pastos para alimentar a sus nuevos corderos. Mientras colocaba con esfuerzo y satisfacciópn los cimientos de su nueva casa se dio cuenta de que al pasar el Último Límite él también había cambiado, que ya no se regía por las leyes de su sitio de procedencia. Ahora se movía, respiraba, pensaba y actuaba según las leyes naturales de aquella fantástica región.
Y cayó en la cuenta de que aquel Nuevo Lugar no era sólo un territorio separado del Antiguo por un muro, si no que en realidad, era un Universo completo a parte del que él venía.
Algunos momentos, también pensaba alegremente en su compañero pastor, y se preguntaba a ratos cuando recibiría la entusiasta llamada cargada de felicidad, alegrías y esperanza. Calculó el día que su amigo debía llegar a sus ansiadas antiguas tierras, y cuando éste llegó, esperó nervioso y alegre su llamada.
Lo cierto es que nada ocurrió. El hijo pródigo no se puso en contacto con él para darle las buenas noticias de su vuelta. Esperó durante días esa comunicación, y en el pasar de éstos se sintió a veces frustrado y dolido, preguntándose porqué su vecino de viaje, quién había acudido a él en los tristes momentos, no compartía ahora los buenos.
De esta manera continuó un poco tiempo, hasta que un día, mientras paseaba sus lindos nuevos corderos, lo comprendió. Y sonrió. Nunca llegaría esa llamada. Y sonrió. Y se sintió agradecido por entender que ese compañero de viaje le había llevado allí y que sus caminos se hubiesen separado formaba parte de la travesía. Que encontramos personas en nuestro camino que nos enseñan, nos ponen a prueba, nos acompañan hasta el límite de nuestro antiguo mundo y que una vez han dejado su huella en la memoria de la travesía compartida, nuestros pasos se separan, dejando que cada uno continúe el camino hasta dónde sus pies le quieran llevar.
De nuevo sonrió y miró a su alrededor: Estaba en un bello lugar, rodeado de bellos parajes, sus tierras, su paz. Y lo agradeció. Porque ya no necesitaba esa llamada. Y el motivo de que jamás fuese a llegar? En el fondo, le daba igual. Él quiso pensar alegremente que, simplemente, entre un Universo y otro hay mala cobertura.
