Durante años no entendí porqué lo hacía, porqué empuñaba sus adjetivos envenendados hacia mi cuerpecito dolorido de soportar su humillación y vergüenza. Pensé que su animadversión hacia mí era causada por algún tipo de fallo en mi interior. Siempre era demasiado "lista", demasiado "imaginativa", "rebelde", "espontánea" para él.
A pesar de todo, yo lo amaba. Lo idolatraba, lo tenía en un pedestal. Como cualquier niña pequeña que ve en su padre al prototipo de hombre perfecto, al Dios supremo de su Universo infantil. Y dí por su puesto que si me trataba así, si no me quería, era porque yo debía estar haciendo algo mal, porque yo era algo equivocado, porque lo merecía.
Y en esa forma de pensar que tienen los niños, creí firmemente que existía un motivo por el que actuaba así, por lo que comencé a construír inconscientemente un plan a partir del axioma: "no me quiere porque tengo algún defecto; ergo, si soy perfecta; sólo podrá quererme pues ese defecto no existirá."
Así que empecé a cambiar. Comencé a plantearme el mundo como un lugar en el que responder a los deseos y necesidades del otro a cambio de un poquito de amor; un lugar en el que mi objetivo último era agradar, contentar, callar y responder según lo que yo podía intuir que la otra persona quería de mí. Me volví un robot, y enfoqué todos mis esfuerzos en que ese hombre que me despreciaba por lo horrible que debía ser yo, me quisiera.
Mendigué su cariño, me rebajé, olvidé quién era y qué sentía, callé. Sonreí sus dolorosas gracias, soporté sus gritos sin sentido y sus castigos injustos. Así puede amar una, hasta el extremo de olvidar quién es y dejar su vida en manos del otro a cambio de un poquito de amor falso y envenenado.
Pero lo más triste es que nada cambió. Si no que sus agravios se volvieron mayores contra mí a medida que yo intentaba alcanzar ese extremo de dolorosa perfección. Lloré mucho pensando porqué ponía mala cara cuando me acercaba, porqué me obligaba a apagar la luz en las noches oscuras llenas de miedo, porqué cuando estaba malita no me quería llevar al hospital, porqué me mentía haciendo promesas que jamás iba a cumplir.
Y crecí. Haciendo del "qué pensarán los demás" mi cárcel, maltratándome yo misma por algún pequeño fallo que podía significar una pérdida de su falsa estima: ante una lágrima escapada en su presencia, causada por alguno de sus puñales; ante algún gesto de rabia mal disimulado frente a sus ojos.
Esa búsqueda del cariño de quién me dio la vida, esa tortura de la negación de éste a cada instante me hicieron casi enloquecer. Arraigué tan profundamente la idea de que en mí había algún error que hacía despertar su frustrante rechazo, que llegué a creer que YO era una MALA PERSONA. Que merecía un castigo mayor. Que era un monstruo odioso al que destruir. Llegué a pensar que la muerte era una sanción demasiado benévola para algo tan horroroso como yo; que el seguir sufriendo cada día esa desidia marcando a fuego mi alma era el precio justo por toda la aberración que existía en mi.
Por suerte, en mi interior la de la verdad siempre ha gritado con una fuerza ensordecedora, y esta vez me obligó a replantearme qué era realmente lo que sucedía. Miré a mi alrededor: tenía las mejores notas de la clase, era obediente, nunca estaba fuera de lugar, siempre hacía quedar bien a mis padres delante de otros adultos, era la hijita dulce y afectuosa que cualquier hijo de vecino podría querer. Quizás seguía imaginando mundos paralelos llenos de color y juegos donde yo era la reina que llenaba de sonrisas el lugar; pero una niña que pasaba horas encerrada en una triste habitación, privada de sus libros y sin poder escapar ¿Qué le quedaba si no crear un sitio mágico dónde la querían por quién era?
De esta manera sutil poco a poco en mi interior empezó a sonar el eco de la realidad, que me decía que si había conseguido ser "una buena niña" y eso no había cambiado en nada la actitud de mi progenitor es que quizás el error estaba en él, que me observaba; y no en mí, simple objeto de observación.
Así que emprendí la búsqueda de esa que realmente soy. Dejé de creer tus mentiras, dejé de imaginar que me abrazabas antes de ir a dormir. Te dejé con la palabra en la boca, y lloré en silencio ante tí. Me reí de tus malas caras, escapé en las noches por las que me enseñaste a caminar sin luz. Me fuí tan lejos y tan cerca que aunque quieras no te puedes acercar a mí.
Ahora, curada de espejismos, con la lección aprendida (soy una experta en detectar sutiles manipulaciones, sentimientos de inferioridad impuestos y apestosas mentiras piadosas), y buscadora de lo auténtico; puedo hablar de ello. Sintiendo tan solo vergüenza ajena de los que comercian con los sentimientos de inocentes a su cargo. Vergüenza de aquellos que hacen daño a los que les quieren hasta perder la razón, de los que juegan con trampas a esto del amor y con una sonrisa degüellan las esperanzas de quién darían su vida por ellos.
Lo bueno, darme cuenta de que nadie ha podido robarme la sonrisa. Que puedo contarlo, que sobreviví. Que puedo ver más allá de los espejismos que las personas muestran ante el mundo. Que no permito que me regateen, que impongan reglas al juego, que negocien con lo que siento. Que comprendo tu dolor. Que creo en el amor sincero, que ahora lo siento en mi, en tí, a mi alrededor.
Que por fin sé y soy quién hay en mí. Que me amo por ello. Que el mundo me ama también por quién soy. Y que explicármelo me hace ver lo bien que ahora estoy. Gracias.
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