Pienso en las sonrisas que nos regalamos cada día y de nuevo sonrío. En las que intercambiamos con los que amamos, las que se despiertan gracias al sonido de algún momento de alegría, las que te sorprenden en medio de un pensamiento que no esperabas.
Hay tantas y diferentes sonrisas! Algunas son tan tímidas, que sólo un observado ávido de encuentros es capaz de verlas. Otras, son tan enormes que no pueden ser ocultadas, y se pasean orgullosas, intentando sobrepasar el límite que la anatomía les ha impuesto. Existen las breves pero intensas, que se presentan como fogonazos de luz en medio de la oscuridad del entorno y con la misma rapidez con la que aparecen se van, dejando un regusto dulce en la boca que es imposible evitar relamer.
También están las medias sonrisas, aquellas que combaten contra los dientes que mordisquean su territorio, y sólo pueden asomarse a uno de los lados de la boca, pero no te equivoques, estas luchadoras consiguen con su azaña envolver el momento de sensualidad y ternura.
Especial mención tienen las sonrisas salvadoras, que traen espacios de paz entre la tristeza, dibujándose en rostros que han olvidado que es eso de la gracia de la alegría. Son muy importantes, ya que su cometido es recordar a su dueño que aunque la dicha no se encuentre presente tanto como se necesitaría, no ha olvidado su verdadera naturaleza.
Y pensando, pensando, recuerdo que alguien me preguntó una vez de dónde nacen las sonrisas verdaderas, y tras sonreír y seguir pensando, le expliqué la verdad de ellas: Nacen en un rinconcito especial que existe en el corazón, en el que esperan a cumplir su cometido. Des de allí, cuando su momento ha llegado, se desplazan dulcemente por el pecho, llenándolo de un perfume de calma y flores silvestres, de camino al rostro. Después, atraviesan la garganta haciéndole cosquillas y aclarando las cuerdas vocales, para que el sonido de un suspiro contento y fresco las acompañe... Y cuando están listas, cargadas de la alegría que les da recorrer nuestro cuerpo, emergen como pequeños soles, tan suavemente que sólo nos damos cuenta de que están allí cuando se han instalado en nuestros labios y están iluminando nuestra cara y el lugar en el que nos encontramos.
Pero lo cierto es que las sonrisas auténticas son inquietas, y no se conforman con habitar unos únicos labios, así que una vez nacidas, saltan hacia otros, para iluminar también el rostro de quién la recibe, para llenar al nuevo propietario de las mismas sensaciones que la hicieron surgir, y que entre los sonrientes, puedan ser compartidas.
Porque la auténtica sonrisa es un regalo, no sólo para quién la muestra, si no también para los que la observan y dejan que nazca en ellos también.
Así que regala sonrisas, nos harás mucho bien.
:D
1 comentario:
Por esas sonrisas que valen oro!!! :)
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