En días de empollonismo extremo, uno aprende a valorar las pequeñas cosas que existen fuera de la biblioteca. Esos instantes en los que no estás submergido en alguna nueva teoría de la personalidad y las enfermedades mentales, en los que no necesitas recordar las partes del hígado, cada pequeño instante de paz es un regalo inmenso.
Así pues, me deleitaré de la calma existente en el calor de mi estufa, en la comodidad de mi alfombra, en el silencio de la casa. Y me repetiré bajito "tranquila bonita, ya queda poquito".
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