El médico dice que lo que sucede es que el corazón está asustado, que quiere huír o esconderse más adentro de mi pecho. Yo le pido cariñosamente que por favor descanse un poco, y lo acaricio al ponerlo sobre mis rodillas. Que mis sueños no se escurrirán por mucho que tema, que en este óceano que tenemos delante, también tenemos que aprender a respirar instantes fuera del agua.
Así, a palabras dulces se calma y bombea esa sangre por todo mi cuerpo fuerte y necesitado de lluvias de besos. No me preocupa nada más que que el sueño consolide los caminos que en mi mente construyen los conceptos que reaprendo en mi estado de conciencia.
Y al caer el sol y levantarse la noche, me escurro al suelo del salón, mientras der Franziskaner apaga mi sed y me relajo por un rato, recupero el aliento y lleno los pulmones de humo gris. Estoy cansada y aun me queda tanto por nadar... La cama vacía me espera, y creo que es la primera vez, en mucho tiempo, que me doy cuenta de ese espacio que ahora queda...
Soñaré que soy un pez que no se ahoga, soñaré que mi corazón sonríe y se lanza a alcanzar mis sueños. Esta noche estre las sábanas ligeras de presencias soñaré que no hay espacios por llenar, que me siento plena, soñaré, soñaré, que en mi nuevo mar, nadar no pesa.
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