martes, 14 de junio de 2011

Perdón, gracias, buenas noches, ha sido un placer.


Esta vez no le hizo falta mirar atrás para encontrarse con el pasado. Esta vez, un simple paseo por el barrio llenó sus pasos con los ojos de los que alguna vez compartieron su mundo. Normalmente evitaba pensar en ello... Ahora, sabía sonreír sin miedo, disfrutar de una buena cena, vestir como le gustaba y expresar sus ideas sin miradas de reprobación.

Pocos en su presente conocían las tardes en las que creía que no iba poder salir de aquella plaza en la que permanecía rodeada de extraños, los días en que quería huir y cambiarse el nombre, las noches en las que rogaba por un milagro que la hiciese avanzar. Ahora, sus amigos la trataban como a una más, vivía en un lugar en el que era respetada, podía desarrollarse como persona y ser feliz.

No obstante, en el fondo de su ser, a veces seguía sintiéndose aquella niña perdida a la que le concedieron su deseo de tener una vida más digna: pequeña y ridícula, desvalida y abandonada... En esos momentos, en vez de darse las gracias y mirar a su alrededor, a su existencia construida con esfuerzo, se preguntaba que hacía allí... ¿Porqué seguía creyendo que no se lo merecía? ¿Porqué no valoraba su empeño por mejorar? ¿Porque no se sentía preparada aún para ser feliz?

Quizás tenía que dejar de avergonzarse de quién fue una vez. Perdonarse por cosas de las que no era culpable, y darse las gracias por querer tener una vida mejor y por haber conseguido lo que ahora tenía. Sentirse desvalida ya no la iba a ayudar. Ser valiente una vez más, sí.


Y así, mientras paseaba por el barrio, este ya no le golpeó con el dolor del pasado, si no que le regaló el reconectar con su imagen real. En la plaza ella ya no estaba, pero los antiguos extraños seguían allí. Su nombre resonaba con alegría en su ciudad, y allí, en medio de lo que un día fue su miedo, vio la verdad. Que el milagro era por fin realidad.


Porque ahora sí. Ahora podía avanzar.


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