No queda nadie en el escenario. Los actores, han hecho ya sus maletas. Han recogido los bártulos que quedaban sobre las mesas de los esrechos camerinos decorados con espejos iluminados por bombillas medio fundidas y se han marchado. Silencio y pesadez entre las paredes de ladrillo oscuro que el público no puede ver.
Butacas vacías, mientras el suelo desgastado de madera sobre el que se recreaban vidas respira al son de un vacío lleno de recuerdos lejanos. No queda nadie. Y las cortinas de terciopelo rojo aún recogidas, cansadas de haber sido levantadas una y otra vez, no saben aún que no volverán a ser movidas. Un foco quizá, acostumbrado a perseguir a los que fingen ser otros mientran dialogan con sus fantasmas, se asuste al darse cuenta que ya no volverá a iluminar a nadie.
Huele a lo que huelen los teatros: polvo, gente, arte, tiempo y madera otra vez. Sólo se oyen los pasos arrastrados de quién lo hizo subir y caer. Si lo hubiéseis visto en su mejor momento, sabríais que ya era hora de que lo cerraran.
Con ese pensamiento, su dueño da un último paseo por la sala, acariciando cada uno de los rincones que alguna vez estuvieron llenos de vida, antes de la última función.
Cuando acaba de recordar y el tiempo de mirar alrededor ha acabado, cierra las enormes puertas tras de sí, acunando la pena y el olvido mientras hace girar la llave por última vez, y deja atrás el espectáculo, los aplausos, el triumfo, el miedo, la tristeza y esa extraña quemazón que es la nostalgia...
...Y al salir del lugar que contuvo también su historia, mientras da el primer paso en la soleada acera de la ciudad, sonriendo para si, se da cuenta... de que volvía a entrar en el teatro... Esta vez, el de la vida.
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