Mientras preparaba café pesadamente, miró por la ventana. Se avecinaba Caos.
Se preguntaba porqué se había mudado allí. Ciertamente, era un lugar tranquilo. El vecindario era agradable y silencioso. No la molestaba nadie, y los días solían ser ordenados y pausados, limpios y la casa se encontraba bañada por el Sol. Pero las Tormentas de Caos... La dejaban medio llena de Locura.
La habían avisado, y en un principio no le dio importancia... que podría hacerle el Caos a ella? Una persona ordenada, segura, tranquila?
La primera tormenta fue la peor. La pilló desprevenida. Intentó cerrar las puertas y ventanas cuando el Caos casi se le echaba encima, pero fue imposible. Se coló por cada rincón de cada estancia, lo revolvió todo, rompió, desordenó, enloqueció a cada objeto de la Casa, y por supuesto, se cebó con la inquilina, enmarañando su ropa y su cabeza, descolocando cada porción de su ser y dejándola al borde del Shock.
-Así que esto es el Caos, no?- Dijo muda, de pié entre el destrozo de su persona y del resto de la casa.
Aquella primera vez, se limitó a pasear por la casa como un zombi, recolocando cada objeto en su lugar, en silencio, mientras aún oía al Caos moverse a sus anchas por el barrio. Cuando acabó de ordenar, la casa tenía un aspecto triste y desangelado. Pasó días debajo de la gruesa colcha a la espera de una extraña muerte, o de la vuelta de la cordura, asomando algún ojo al exterior para comprobar si seguía ella en aquél lugar. Sí. Seguía. Y al final poco a poco,primero a ratos y después seguido, recuperó la serenidad y se sumergió de nuevo en la vida tranquila de aquella casa.
Después de ésta, vinieron más tormentas, en las que luchaba, escondía, guardaba y al final, salía vencida de su lucha contra el Caos. Lo había intentado todo. Tapiar las ventanas, huir al sótano, gritar, sacudirse, llorar. Pero el Caos lo llenaba todo de nuevo, destrozaba a su antojo y la henchía de frustración, locura y miedo.
Se fijó en reloj de pulsera sobre la mesa, y vió como la aguja del minutero empezaba a temblar débilmente. El Caos llegaría en media hora, calculó. Se dirigió al salón. Miró a los personajes de las fotografías, que empezaban a hacer muecas y a gritarle asustados. La televisión se encendió y apagó, las olas del cuadro del mar empezaban a moverse descontroladas, y un pensamiento extraño sobre animales que cocinan la golpeó en la sien.
Volvió a la cocina y se sentó. Dio un sorbo al café. No sabía que hacer esta vez. Se paseó, concentrada y despistada a la vez, entre el tintineo de los cacharros en los armarios. Diez minutos. Seguía sin saber que hacer. Tapiar la puerta otra vez? No serviría de nada. agarrarse a algún lado mientras pasaba la tormenta? Tampoco serviría. Se sentía más tranquila que de costumbre. Se sentó a la mesa. Las manecillas del reloj giraban como bailarinas desquiciadas sobre si mismas, esperando a parar cuando su público menos lo esperara. Mirada a la ventana. Ya casi estaba allí. Caos.
Se levantó con un impulso, serena y sin mirar alrededor, se movió hasta el recibidor y abrió la puerta de la calle. Aún en pijama, cogió la escalera, la apostó contra la fachada y subió. Le silbaban los oídos, pero aún y así, sonreía. Su pelo empezaba a estar revuelto, y la piel, de gallina.
Ya sabía que hacer.
De pié sobre el tejado. Mirando la Tormenta. Estaba allí. Extendió los brazos, y abrió las manos hasta tensar cada dedo y toda la palma. Abrió las piernas, separó los pies. Cerró los ojos y echo la cabeza hacia atrás. Inspiró.
...
Y el Caos llegó. La tocó. La atravesó. La ahogó un segundo y la revivió. Atravesó cada cabello, cada poro, cada idea y pensamiento, todo su Ser. La llenó y vació. La sostuvo, la sacudió, la sintió y la acarició. La besó en los labios. La mató. La despertó. La deshizo y la colmó. La llevó hasta la Vida. Y al final, simplemente... Pasó. El Caos, pasó. Sin hacerle Nada.
Espiró. Recogió sus manos refrescadas, movió los dedos, juntó los pies. Sonrió y se sentó un momento, mientras veía salir el sol delante de ella. Respiró, y en el momento justo giró. No había Caos ya en cielo. Esta vez, había marchado.
Empezó a bajar, tarareando. Tocó la hierba mojada de la entrada, primero con el dedo gordo del pié, después con toda la planta y llegó ligeramente al suelo.
Empujó la puerta de la casa entreabierta y entró. Menos destrozo, apenas Caos. Y de nuevo a la mesa. Allí el café, el reloj marcando y una enorme risa agradecida.
-Gracias Caos- decía riendo-. Porque ahora que no te temo, te puedo entender. Gracias Caos, porque me haces dar cuenta de qué no está en su lugar, me permites volver a la calma y a mi sitio, cambiar aquello que no está dónde le toca, tirar lo que se ha roto y renovar lo que se quedóherido.
Gracias Caos, porque Tú completas mi orden y me devuelves a Mi Lugar.
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